Zapatitos de charol

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Esa soy yo. La que anda con pies de plomo, la que se pasea de puntetas ante la amenaza de un suelo a punto de quebrar. La que se sienta tímidamente junto a la mirada ausente del contrincante. La que pende de un hilo.

Hay cambios en la vida que llegan cual huracán en su carrera por alcanzar tierra tras varios días en la mar. Se ven venir, pero sus consecuencias son impredecibles. Cargan o descargan la energía vital. En ocasiones la debilitan. Actúan como una honda expansiva que atraviesa el cuerpo y la mente y se extiende a la forma de actuar, pensar y afrontar la vida.

Los cambios nos desafían constantemente. Podemos obviarlos, ocultarlos, ignorarlos. O podemos afrontarlos. “Ánimo y al toro”.  Eso me dicen ellos, los que
son mi mayor inspiración. Quienes con tan solo cuatro palabras saben cargarme las pilas. Y hacen magia, porque el mundo se reordena y los cambios se convierten en oportunidades. ¡Gracias por ello!

En eso consiste este mundo. En seguir avanzando aprovechando aquello que el nuevo día ofrece y coloca ante nosotros al amanecer. Ríe con risa estrepitosa, llora con llanto agónico. Siente los cambios y hazlos tuyos. Sueña mucho, muy alto y a lo grande. ‘Respira, inspira, ignora y vive’.

Game over. Reiniciemos la partida. Miremos con nuevos ojos. Es momento de dejar los zapatitos de cristal. ¡Que se rompan si quieren! Porque tengo unos nuevos, más fuertes y más brillantes que nunca. Ahora me toca a mí. Caminar mucho, y rozarlos, usarlos y ensuciarlos, siempre y cuando su desgaste merezca la pena. La suerte no viene, se va si no corres tras ella. Se acabó el esperar. ¡Vas a ser mía! Porque ‘lo imposible solo existe en el mundo de los incapaces’, y yo en ese mundo reniego vivir.

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